La tecnología 3D ha dejado de ser un capricho de ingenieros para colarse en el estudio del fotógrafo. Si antes dependías de la luz natural y un buen encuadre, ahora puedes capturar objetos con volumen real y manipularlos después. Un ejemplo claro: fotografiar un producto para un catálogo y poder girarlo en 360 grados sin volver a montar el set. Programas como Blender o Agisoft Metashape permiten generar mallas tridimensionales a partir de fotos.
De la foto plana a la nube de puntos 📸
El proceso técnico se llama fotogrametría. Tomas entre 30 y 100 fotos de un objeto desde distintos ángulos, siempre con solapamiento del 60%. Luego, programas como RealityCapture o Meshroom analizan los píxeles y calculan la posición de cada punto en el espacio. El resultado es una nube de puntos que se convierte en un modelo texturizado. Con ZBrush o Substance Painter puedes retocar imperfecciones. No necesitas un escáner láser; tu cámara actual sirve.
El cliente que quiere ver el jersey por dentro 🧥
Llegas a la sesión con todo listo y el cliente te suelta: ¿Podemos ver cómo queda el forro interior?. En lugar de descoser la prenda o fingir un ataque de migraña, le rotas el modelo 3D en la pantalla. La cara de pasmo es gratis. Lo malo: luego te pide que le añadas un bolsillo virtual y tú, que solo sabías de fotografía, acabas aprendiendo a modelar en SketchUp a las dos de la mañana. La tecnología 3D te salva, pero te cobra en horas de sueño.