La decisión de varios países europeos de cerrar sus centrales nucleares tras Fukushima no fue un acto de prudencia, sino un billete de ida hacia la dependencia energética. Al renunciar a una fuente estable y de baja emisión, el continente se entregó a los brazos del gas ruso. Hoy, con las facturas disparadas y la geopolítica en tensión, las consecuencias de aquel pánico resultan evidentes.
La física no entiende de ideologías ⚛️
Las centrales nucleares ofrecen un factor de capacidad superior al 90%, muy por encima del gas o las renovables intermitentes. Mientras un reactor proporciona electricidad de base de forma constante, una planta de ciclo combinado necesita un suministro continuo de gas licuado o por gasoducto. La tecnología nuclear moderna, con reactores de Generación III+ y diseños modulares pequeños, reduce riesgos y residuos. Ignorar estos avances técnicos por dogmatismo político no fue ecologismo, fue una apuesta estratégica fallida que dejó a Europa sin margen de maniobra.
Ahora todos quieren ser amigos del átomo 😅
Resulta cómico ver a los mismos políticos que hace una década pedían el apagón nuclear ahora hacer cola para comprar uranio. Alemania cerró sus últimas centrales para luego reabrir plantas de carbón, mientras Francia, que no cayó en la histeria, se ríe en la intimidad. Al final, el miedo a una fusión nuclear en un reactor se ha convertido en el temor real a una fusión económica. Eso sí, al menos ahora sabemos que el uranio no se corta en pleno invierno por una disputa diplomática.