Ron Howard presentó en Cannes un documental sobre Richard Avedon que repasa la carrera del fotógrafo que transformó el retrato y la moda. La cinta muestra su capacidad para desnudar emociones en celebridades y anónimos, pero peca de una reverencia que suaviza la mirada cruda y directa que definió su obra. Un homenaje correcto, aunque algo complaciente.
La técnica del encuadre: cómo Avedon rompió las reglas del estudio 📸
Avedon eliminó el fondo para aislar a sus sujetos contra un blanco infinito, forzando al espectador a mirar solo el rostro y el gesto. Usaba una Hasselblad de formato medio con película Tri-X, revelando el grano como textura expresiva. Su iluminación, a menudo con un solo foco frontal, eliminaba sombras suaves para crear un contraste duro que exponía imperfecciones y vulnerabilidad. Este minimalismo técnico exigía una conexión psicológica intensa con el retratado.
El lado B de la reverencia: cuando el documental olvida el mal genio 😤
Lo malo de un documental tan respetuoso es que parece que Avedon solo hacía fotos con una sonrisa y una varita mágica. Se nos olvida que el tío era un perfeccionista que podía dejar a una modelo en llanto tras la sesión número 200. Howard nos muestra al genio, pero no al capricho. Vamos, que si hubiera incluido alguna bronca de las suyas, hasta los fotógrafos de bodas habrían aprendido algo.