El pleno del Congreso funciona como una obra mal escrita: los mismos actores repiten el texto cada semana, los gritos son el efecto especial favorito, y los ciudadanos observan desde el gallinero sin poder intervenir. Mientras los diputados discuten con pasión, el país espera soluciones. Pero el espectáculo continúa, temporada tras temporada, sin cambios en el guion.
Si programaran el Congreso como un software 🖥️
Imaginemos un sistema que optimice el debate parlamentario. Un algoritmo que detecte bucles infinitos de discursos y los detenga automáticamente. Una IA que filtre los gritos y asigne tiempo de palabra según la relevancia técnica de cada propuesta. Los votos se registrarían en blockchain para evitar manipulaciones. Los ciudadanos podrían auditar cada decisión en tiempo real. Pero claro, para eso haría falta voluntad política, no solo código.
El gallinero pide butaca, pero nadie le escucha 🎭
Los ciudadanos, desde su asiento en el gallinero, lanzan palomitas virtuales en Twitter mientras los actores se enzarzan en el escenario. El problema es que nadie ha instalado un altavoz que conecte la grada con el pleno. Así que seguimos viendo la función, aburridos, esperando que alguien grite que baje el telón o, mejor aún, que traigan un guion nuevo.