En 1808, el ingeniero tinerfeño Agustín de Betancourt emprendió un exilio forzoso hacia Rusia tras caer en desgracia ante Manuel Godoy. Lejos de hundirse, encontró en San Petersburgo un clima cultural más cálido que el termómetro local. El zar Alejandro I valoró su talento y lo integró en el desarrollo del imperio, dejando un legado que aún hoy se recuerda con estatuas en su honor.
Puentes, máquinas y vapor: el arsenal técnico de Betancourt 🏗️
Betancourt aplicó en San Petersburgo sus conocimientos en ingeniería hidráulica y mecánica. Diseñó el puente Kamennoostrovsky, el primer puente de hierro fundido de la ciudad, y mejoró el sistema de canales del Nevá. También introdujo máquinas de vapor para drenar terrenos pantanosos y fundó el Instituto de Ingenieros de Caminos. Su trabajo combinó teoría con soluciones prácticas para un clima que congela ríos y complica cualquier obra.
De Godoy a los zares: un cambio de jefe que sentó bien 👑
Resulta que huir de Godoy fue el mejor plan de carrera de Betancourt. En España le cerraron puertas; en Rusia le abrieron hasta el palacio de invierno. Mientras Godoy se daba a la fuga, Betancourt se paseaba por San Petersburgo diseñando puentes sin temor a que se los derribara un ministro enfadado. Eso sí, al llegar debió echar de menos el sol canario, pero al menos los zares no le pedían cuentas por cada chisme de corte.