Techland vuelve a la carga con Dying Light: The Beast, una entrega que exprime su motor propietario C-Engine hasta el límite. El juego apuesta por un fotorrealismo agresivo, con iluminación global dinámica y trazado de rayos para reflejos y sombras. Los entornos se muestran densos y detallados, un escenario perfecto para que el hardware de turno sude la gota gorda.
Maya, ZBrush y Houdini: la santísima trinidad del detalle 🎨
El modelado se ha cocinado en Maya y ZBrush, mientras Substance Painter se encarga de dar texturas que engañan al ojo. La guinda la pone Houdini, generando geometría procedural para que los escenarios no parezcan sacados de un decorado de cartón piedra. El C-Engine gestiona toda esa información con un Ray Tracing que, en vez de ser un simple adorno, pega sombras y reflejos con una precisión que da miedo. Todo esto, claro, asumiendo que tu gráfica no se ponga a llorar.
El Ray Tracing te come la RAM, pero qué bonito es 💀
Techland ha conseguido que el C-Engine renderice hasta el último charco con un nivel de detalle que da vergüenza ajena a los motores de la competencia. El problema es que, para disfrutar de semejante derroche de píxeles, vas a necesitar una gráfica que valga más que tu piso. Pero oye, mientras tu cartera llora, al menos los zombis se verán tan reales que querrás invitarles a cenar.