Un director de centro educativo, figura cuya misión es formar jóvenes en valores, protagonizó un altercado con empleados por un conflicto menor. Lejos de mediar, optó por insultos y gestos de arrogancia. La escena, grabada por testigos, revela la brecha entre el discurso institucional y la conducta real de quienes deberían dar ejemplo.
Inteligencia emocional como requisito laboral obligatorio 🧠
La solución pasa por implementar formación obligatoria en inteligencia emocional y manejo de conflictos para todos los empleados públicos. Herramientas como la escucha activa, la regulación de impulsos y la comunicación asertiva deben evaluarse periódicamente. No se trata de un curso voluntario, sino de un estándar profesional. Si un director no controla su ira ante un desacuerdo menor, difícilmente podrá gestionar un centro educativo.
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Quizás el director confundió su cargo con un pase VIP para saltarse las normas de cortesía básica. Porque insultar a un trabajador no es liderazgo, es berrinche con título. Lo más triste es que, mientras él vociferaba, seguro algún alumno tomaba nota de cómo no se debe actuar. Menos mal que el ejemplo es la mejor enseñanza, aunque en este caso sea de lo que no hay que hacer.