En el Festival de Cannes, los aplausos que se prolongan durante minutos no siempre responden al entusiasmo del público. Detrás de estas ovaciones se esconde una estrategia de marketing dirigida por equipos de relaciones públicas. El objetivo es claro: generar expectación y prestigio en torno a una película, aunque el filme no haya emocionado realmente a la sala.
La ingeniería del aplauso como herramienta de promoción 🎬
La técnica es precisa. Los equipos de PR colocan a asistentes pagados en puntos estratégicos de la sala. Estos inician la ovación en el momento exacto tras los créditos. La duración se cronometra y se filtra a medios como dato de éxito. Un aplauso de diez minutos puede costar miles de euros. No hay emoción genuina, solo cálculo. La industria convierte la reacción del público en un producto medible y vendible.
Mi ovación duró más que mi atención a la película 🍿
Lo curioso es que, mientras unos aplauden sin parar, otros revisan el móvil o bostezan. Si el cine es magia, en Cannes es un truco de ilusionismo con palmas. Al final, lo que importa no es si la película es buena, sino si su equipo de relaciones públicas tiene buen pulso para contar hasta diez minutos sin despeinarse. El Oscar a mejor actor secundario debería ir para ellos.