Nigeria aplica un impuesto de 10 nairas por litro a bebidas azucaradas, buscando frenar la diabetes que afecta a 11 millones de personas. Sin embargo, la alta inflación ha reducido este gravamen al 2% del precio final, un monto insuficiente para cambiar hábitos de consumo. Para la ciudadanía, el alza en refrescos se debe a la crisis económica, no a una medida de salud pública.
El dilema técnico entre inflación y política fiscal 🧮
El diseño del impuesto no contempló ajustes automáticos por inflación, algo común en economías volátiles. Cuando se fijó en 2021, 10 nairas equivalían al 5% del precio de un refresco; hoy apenas representa el 2%. Esto anula el efecto disuasorio esperado. Para que funcione, el gravamen debería indexarse a la inflación o fijarse como porcentaje variable del precio final. De lo contrario, la medida se vuelve irrelevante y solo genera ruido administrativo sin impacto real en la salud pública.
El impuesto que sube precios pero no asusta a nadie 😅
El resultado es curioso: los precios suben, pero la gente culpa a la inflación, no al azúcar. El impuesto queda como ese amigo que llega tarde a la fiesta, cuando ya todos se fueron. Mientras la diabetes sigue su curso, el bolsillo del nigeriano se resiente por causas ajenas a la medida. Un impuesto que no protege la salud ni alivia la cartera es como un paraguas en un huracán: está, pero no sirve de nada.