La reciente muerte de un joven a manos de otros adolescentes ha desatado la indignación general. Pero esta indignación es selectiva. Mientras se recortan fondos para educación, salud mental y ocio juvenil, la sociedad exige soluciones mágicas. La violencia no surge de la nada; nace del abandono, la falta de oportunidades y un sistema que prefiere lamentarse antes que prevenir.
Cómo la falta de datos abre la puerta a más violencia 🔍
Los algoritmos de predicción de conductas violentas requieren datos de calidad sobre absentismo, derivaciones a psicólogos y uso de recursos comunitarios. Sin inversión en plataformas de seguimiento escolar ni en personal que alimente esos sistemas, cualquier modelo de inteligencia artificial es inútil. Mientras tanto, los recortes eliminan los pocos centros que generaban esos datos, dejando a los jóvenes sin red de apoyo y a las autoridades sin capacidad de anticipación.
Mano dura sí, pero para abrir la cartera 💸
La solución estrella suele ser más policía en las calles. Una idea genial: agentes vigilando a chavales que no tienen un puto sitio al que ir. Es como poner cámaras en una nevera vacía para que no se escape la comida. Mientras no se suelten euros para centros juveniles, psicólogos y empleo, lo único que crecerá será la clientela para el sistema penal. Recortar en prevención siempre ha sido un negocio redondo para quien cobra por el caos.