La concesión de la Q de Calidad Turística a una playa siempre se celebra con bombo y platillo. Pero cuando el acto presume de accesibilidad para personas con movilidad reducida, surge una contradicción evidente. Muchos arenales con distintivos carecen de rampas funcionales o baños adaptados. Se premia la inclusión como un atractivo turístico de lujo, no como un derecho fundamental que debería ser norma, no excepción.
La tecnología de la inclusión, un requisito pendiente 🛠️
Existen soluciones técnicas contrastadas para garantizar accesibilidad total. Pasarelas de materiales compuestos antideslizantes, sistemas de anclaje modulares para sillas de ruedas anfibias, y aseos con mecanismos de apertura automatizada son viables y no requieren presupuestos astronómicos. Sin embargo, su instalación sigue siendo una opción voluntaria en los pliegos de condiciones. Si todas las playas con banderas de calidad integraran estos elementos como requisito obligatorio, con auditorías y sanciones por incumplimiento, la accesibilidad dejaría de ser un adorno.
Turismo inclusivo, pero solo si te traes tu propia rampa 🏖️
La lógica parece ser: celebremos que una persona en silla de ruedas pueda llegar a la orilla, pero que no se queje si tiene que hacerlo por un camino de tablas sueltas mientras los baños adaptados son un local de churros reconvertido. Eso sí, la Q luce radiante en el cartel de entrada. La hipocresía es tan evidente que hasta la arena parece más fina de lo que es. Al menos, el turista con movilidad reducida gana en cardio haciendo eslalon entre obstáculos.