Un libro reciente expone cómo la inteligencia artificial no se adapta a los empleados, sino que son ellos quienes deben amoldarse a sus fallos. Los traductores, por ejemplo, corrigen textos generados por IA con más horas de trabajo y menor salario. La calidad final baja y la satisfacción laboral se desvanece. Para la ciudadanía, esto anticipa empleos más tediosos y una pérdida del valor humano en tareas cotidianas.
El trabajador como corrector de algoritmos 🤖
El modelo actual convierte al profesional en un supervisor de errores de la máquina. En lugar de usar la IA como herramienta, la empresa externaliza la carga de refinar sus resultados. El traductor dedica más tiempo a pulir frases artificiales que a crear contenido propio. Esto reduce su capacidad de negociación salarial y su autonomía. El sistema premia la velocidad del algoritmo, no la precisión del humano. El resultado es una cadena donde el empleado absorbe las deficiencias técnicas del software.
La máquina tiene razón (aunque se equivoque) 😅
Lo curioso es que ahora el humano pide perdón por corregir a la IA. Si el algoritmo traduce gato como perro, el trabajador debe justificar por qué cambia la palabra. El cliente, encantado con la rapidez del software, sospecha del profesional que se atreve a cuestionarlo. Pronto veremos entrevistas donde el candidato confiese: Tengo experiencia puliendo ocurrencias de ChatGPT. El futuro laboral nos pide repensar si aceptamos ser los becarios de nuestras propias herramientas.