La llegada de jabalíes a las granjas porcinas ha disparado las alertas sanitarias, amenazando con encarecer la carne. Sin embargo, el foco de la crítica no debe estar en el animal, sino en el modelo productivo. La expansión de la ganadería intensiva ha arrasado bosques, eliminando el hábitat natural de la fauna. El jabalí no invade; busca lo que le hemos robado: comida y refugio. Externalizamos los costes ecológicos y luego demonizamos al damnificado.
Biología aplicada: ordenación territorial como antivirus 🦠
La solución técnica no pasa por erradicar jabalíes, sino por rediseñar el territorio. Los planes de ordenación deben integrar corredores ecológicos y barreras naturales que separen la producción intensiva de las áreas de fauna silvestre. Implementar sistemas de bioseguridad perimetral con sensores y vallados selectivos, junto a la rotación de cultivos, reduce el contacto. Además, fomentar una ganadería extensiva, con menor densidad animal, disminuye la presión sobre el ecosistema y los riesgos de transmisión de patógenos. Es gestión, no exterminio.
El jabalí: el único que pide factura por el desmonte 🐗
Resulta que el jabalí, al que llaman plaga, solo viene a cobrarse el alquiler por el bosque que le derribamos para plantar pienso. Mientras, las grandes explotaciones piden ayudas para poner vallas más altas. Quizás lo lógico sería invitar al jabalí a la mesa y negociar un pacto de no agresión: él se come las bellotas que quedan, y nosotros dejamos de intoxicar los acuíferos. Pero claro, entonces no habría drama ni subvención.