La reciente decisión de penalizar a ciertas compañías tecnológicas por su origen nacional, bajo el pretexto de seguridad, revela una doble vara de medir. Mientras se cuestionan los vínculos de empresas foráneas con sus gobiernos, se ignoran relaciones similares de corporaciones occidentales. El libre mercado se convierte así en un arma política que perjudica a inversores y trabajadores, en lugar de fomentar reglas claras y multilaterales para todos.
El dilema tecnológico de la seguridad selectiva 🛡️
En el ámbito del desarrollo de software y hardware, la seguridad debería basarse en auditorías técnicas, no en nacionalidades. Un chip fabricado en Taiwán puede tener las mismas puertas traseras que uno diseñado en California si no se aplican estándares globales de verificación. La solución pasa por protocolos de código abierto y certificaciones internacionales que evalúen vulnerabilidades reales, no el pasaporte de la empresa. Mientras tanto, se inyectan fondos públicos en firmas locales con la misma opacidad que se critica en otras.
El libre mercado según el país del que vengas 🌍
Resulta curioso ver a defensores del libre mercado convertirse de repente en guardianes de la patria cuando les conviene. Es como si en una cena con amigos, uno prohibiera la lasaña porque el cocinero es italiano, pero se zampase la pizza del mismo chef sin chistar. Al final, el que pierde es el comensal, o en este caso, el inversor y el trabajador que ven cómo su empleo depende de un sello de origen. Que inventen la receta multilateral, que esta guerra de restaurantes cansa.