El caso de Begoña Gómez ha destapado una realidad incómoda: mientras la maquinaria judicial se activa en tiempo récord para investigar a familiares de políticos, los grandes escándalos de corrupción en partidos y empresas duermen el sueño de los justos durante años. No se trata de defender a nadie, sino de señalar la evidente selectividad con la que se reparten los recursos y las portadas.
Algoritmos de priorización: la justicia como software defectuoso ⚖️
En el desarrollo de sistemas de gestión judicial, la priorización de casos debería basarse en criterios objetivos como la gravedad del delito o el daño social. Sin embargo, el sistema actual parece programado con un algoritmo opaco donde el factor mediático pesa más que la cuantía económica defraudada. Si aplicáramos la misma lógica a un gestor de incidencias, cerraríamos los avisos de los usuarios con más seguidores en redes y dejaríamos los errores críticos para el mantenimiento correctivo de 2030. Una eficiencia que solo funciona en los titulares.
La Fiscalía y el arte de mirar hacia otro lado 🔍
Lo curioso del caso es que, para investigar a Begoña Gómez, la justicia ha demostrado una agilidad digna de un SSD NVMe. Sin embargo, para los casos de corrupción sistémica, la Fiscalía funciona como un disco duro de 1995: hace ruido, se calienta y tarda una eternidad en cargar. Quizás el problema no sea técnico, sino de voluntad política. O de falta de parches de seguridad contra los intereses partidistas. O ambas.