El 17 de junio, el Parlamento Europeo vota si permite cultivos editados con CRISPR. Esta técnica modifica genes sin añadir ADN extraño, logrando plantas más resistentes a sequías y plagas. Para el consumidor, esto puede traducirse en alimentos más baratos y menos fertilizantes. La decisión final definirá si la tecnología llega al plato o se queda en el debate.
Cómo funciona el CRISPR en los cultivos 🧬
CRISPR actúa como unas tijeras moleculares que cortan el ADN en puntos específicos. A diferencia de los transgénicos, no inserta genes de otras especies; solo modifica los propios de la planta. Esto permite crear variedades que requieren menos agua o resisten hongos sin fungicidas. La comunidad científica respalda la técnica por su precisión, pero los grupos ecologistas exigen más estudios sobre posibles mutaciones no deseadas en el genoma.
Bruselas decide si el tomate de toda la vida necesita retoques 🍅
Mientras tanto, en el supermercado seguimos pagando tres euros por un tomate que sabe a cartón. Quizás el CRISPR lo arregle, o quizás solo consigamos un tomate que aguante dos meses en la nevera sin ponerse blando. Lo que está claro es que los eurodiputados debatirán si preferimos un tomate natural que se estropea en tres días o uno tuneado que sobrevive al apocalipsis. La ironía es que, mientras deciden, los agricultores de EE.UU. ya están sembrando.