El diseño ha pasado de ser una herramienta estratégica que podía dirigir una compañía, como demostró Apple, a un mero departamento consultivo y decorativo. Las organizaciones lo tratan como producción, no como toma de decisiones, relegándolo a hacer productos bonitos mientras ingeniería y marketing deciden basándose en costes y plazos. El ciudadano paga por un buen diseño externo pero sufre un mal diseño interno: baterías fijas, menús confusos y obsolescencia programada.
La trampa del lujo: diseño como capa de pintura sobre una estructura podrida 🎨
Mientras Apple mantiene su modelo porque su negocio depende de la percepción de calidad, la mayoría de las empresas han reducido el diseño a un departamento de maquillaje subordinado. Los diseñadores aceptaron este rol porque prefieren trabajar para marcas de lujo que para necesidades sociales. El resultado son productos con envoltorio atractivo pero con fallos profundos: interfaces que confunden al usuario, componentes soldados que impiden reparaciones y ciclos de vida cortos. La tecnología avanza, pero la experiencia real del usuario empeora porque las decisiones clave se toman en silos de costes.
Diseñadores de lujo: la revolución social se vende por un bolso caro 💼
Resulta que el diseño como herramienta de transformación social murió cuando los creativos decidieron que era más cool diseñar un bolso de mil euros que una silla para un hospital público. Ahora se quejan de que las empresas los tratan como maquilladores, pero ellos mismos aceptaron el puesto cuando prefirieron hacer el logo de una app de delivery antes que rediseñar un semáforo. Ironías de la vida: querían cambiar el mundo, pero el mundo les pidió que hicieran el menú más intuitivo para pedir hamburguesas.