En Jericó, hace nueve milenios, alguien tomó un cráneo humano, lo rellenó de tierra y modeló su rostro con yeso. Conchas de cauri marcaban los ojos. El resultado son siete piezas que hoy desatan un debate: ¿eran retratos de antepasados venerados o trofeos de enemigos decapitados? El ritual exacto sigue sin aclararse, pero la técnica ya asombraba entonces.
Yeso, conchas y cráneos: la ingeniería del ritual funerario 🏺
El proceso requería precisión. Primero, desprendían la mandíbula del cráneo y la fijaban con vendas de tela o yeso. Luego aplicaban capas de cal y yeso para esculpir pómulos, narices y frentes. Las conchas de cauri, incrustadas en las cuencas, simulaban ojos abiertos. El pigmento ocre daba tono a la piel artificial. No usaban moldes; cada rostro era modelado a mano, con un acabado que sugiere un taller especializado y un conocimiento empírico de los materiales.
¿Retratos de familia o cabezas de colección? 🧐
Imagina la escena: un vecino del Neolítico entra en una casa y ve siete cráneos sonrientes en el suelo. El dueño dice: Son mis tatarabuelos, les puse caras nuevas. El otro, con recelo, piensa: O son los enemigos que masacraste la semana pasada. Los arqueólogos aún discuten, pero lo cierto es que nadie les preguntó a los cráneos. Al menos, decoraban mejor que un jarrón.