El director Paco Azorín ha llevado al Teatro Maestranza de Sevilla su particular lectura de la ópera Aida, de Verdi, con el cineasta Stanley Kubrick como inspiración conceptual. La propuesta busca traducir las emociones del director de 2001: Una odisea del espacio a la escena lírica, pero el resultado final contradice su propio mensaje. Para el espectador, la promesa de una experiencia inmersiva se queda a medias, aunque el tercer acto, con su evocador Nilo y la soprano Marigona Qerkezi, logra momentos de interés.
Cuando la puesta en escena choca con la partitura 🎭
El problema central reside en la desconexión entre la ambición visual y el desarrollo dramático. Azorín emplea proyecciones y una estética fría, heredada del Kubrick más meticuloso, pero la rigidez escénica lastra el flujo musical de Verdi. Los cambios de tempo parecen forzados por la tecnología, no por la partitura. La iluminación, buscando la simetría kubrickiana, genera planos estáticos que chocan con la pasión requerida en los dúos. Es un ejercicio formal que se come al contenido, dejando al público con la sensación de ver un storyboard sin alma.
El Nilo salva la función, Kubrick se queda en el decorado 🌊
Menos mal que llegó el tercer acto, porque si no, la cosa pintaba a desastre total. Ahí, con el Nilo de fondo y Marigona Qerkezi cantando como si no hubiera un mañana, uno casi se olvida de que estaba viendo un homenaje a Kubrick. El resto del tiempo, la función parece un anuncio de muebles de diseño: muy bonito, muy simétrico, pero sin una triste emoción. Al final, lo más kubrickiano fue la sensación de vacío existencial al salir del teatro, preguntándote qué acabas de ver realmente.