El exprimer ministro chino Zhu Rongji ha fallecido, dejando un legado que marcó un antes y un después en la historia económica del país. Su papel fue decisivo en la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001, un movimiento que abrió las puertas del mercado chino al exterior. Aquella reforma no solo aceleró el crecimiento del PIB, sino que también transformó la vida cotidiana de millones de ciudadanos, quienes vieron llegar productos extranjeros a precios más bajos y con mayor variedad.
La reforma que impulsó la tecnología y la manufactura local 🏭
La adhesión a la OMC obligó a las empresas chinas a modernizarse para competir. Sectores como la electrónica, la automoción y la maquinaria adoptaron estándares internacionales, lo que fomentó la transferencia de conocimiento y la inversión en I+D. Grandes firmas tecnológicas que hoy dominan el mercado, como Huawei o Lenovo, se beneficiaron de aquella apertura. La competencia extranjera forzó una reestructuración industrial: muchas compañías locales cerraron o se fusionaron, pero las que sobrevivieron aprendieron a innovar. El resultado fue una cadena de suministro globalizada que convirtió a China en la fábrica del mundo, con un impacto directo en la creación de empleo y en la reducción de la pobreza.
Adiós al hombre que nos trajo el iPhone y también la competencia 📱
Con la muerte de Zhu Rongji, algunos lloran, otros recuerdan aquella época en que el mercado chino se llenó de productos importados. Antes, comprar un teléfono o una lavadora extranjera era una odisea; ahora, cualquier tienda ofrece opciones de todo el planeta. Pero no todo fue gloria: las pequeñas empresas locales que no se adaptaron desaparecieron, y sus dueños quizás hoy maldicen al difunto mientras usan un móvil fabricado en Shenzhen. La ironía es que, gracias a su reforma, hasta los críticos más acérrimos disfrutan de precios bajos y tecnología punta. Descanse en paz, aunque sus decisiones aún provoquen debates en las cenas familiares.