La saturación crónica de Urgencias en el hospital Son Llàtzer vuelve a ser noticia. SATSE denuncia que entre 35 y 44 pacientes aguardan cada día un ingreso, con demoras que alcanzan las seis horas. El origen no es un pico puntual de virus, sino una decisión estructural: 35 camas cerradas por falta de enfermeras. Un problema de planificación que convierte un servicio crítico en un cuello de botella previsible.
La gestión sanitaria como sistema: cuando la falta de previsión bloquea el flujo de pacientes 🏥
Desde una perspectiva de ingeniería de procesos, el caso de Son Llàtzer es un ejemplo clásico de capacidad limitada en un sistema con demanda variable. Si la tasa de llegadas supera la capacidad de procesamiento (camas disponibles y personal), la cola crece de forma inevitable. La solución no es abrir camas de forma puntual cuando el caos ya es visible, sino mantener una capacidad estructural que absorba las fluctuaciones. La gestión proactiva de recursos humanos, con contrataciones estables y planificación de plantillas, es la única vía para evitar estos colapsos recurrentes.
La cuadratura del círculo: cerrar camas para que no falten camas 🤡
Parece un chiste de mal gusto: para solucionar la falta de personal, se cierran camas. Y luego, sorpresa, los pasillos se llenan de camillas. Es como si en una panadería, al faltar panaderos, decidieran apagar el horno y luego se quejaran de que no hay pan. La lógica brilla por su ausencia, mientras los pacientes esperan con paciencia infinita y los profesionales hacen malabares. Quizá el próximo paso sea cerrar Urgencias para que no haya urgencias. Una gestión digna de estudio, pero no en medicina, sino en comedia.